
Cuando el huracán Priscilla arrasó Hidalgo, desató una crisis de proporciones que se traduce en al menos 22 muertos, 43 desaparecidos y alrededor de 150 comunidades incomunicadas. Más de 1,200 viviendas resultaron dañadas, a las que se suman casi 310 escuelas y 60 centros de salud afectados. La infraestructura vial quedó severamente comprometida con 234 caminos dañados, de los cuales 130 permanecen cerrados, y 24 puentes colapsados, dificultando la movilidad y las labores de rescate especialmente en la Sierra Otomí-Tepehua y la Sierra Alta. Frente a esta devastación física, se removieron cerca de 100 mil metros cúbicos de escombros con maquinaria pesada, mientras la población seguía sufriendo el abandono.

Mientras el desastre golpeaba con fuerza, el gobernador Julio Menchaca Salazar se dedicaba a minimizar el peligro en sus mensajes públicos, ofreciendo tranquilidades que chocaban con la realidad de cientos que quedaban atrapados por las aguas y el aislamiento. El subsecretario de Protección Civil, por su parte, prefirió asistir a la Feria de Pachuca en lugar de coordinar las acciones de emergencia, señalando con claridad la desconexión e indiferencia institucional en el peor momento para la gente.
No fue diferente la actitud de los senadores y legisladores de Morena, más enfocados en llenar sus agendas de eventos políticos que en actuar con urgencia para contener el desastre. La frivolidad con la que enfrentaron esta emergencia solo profundizó el sufrimiento y el sentimiento de abandono de las comunidades.
En Huejutla, Metztitlán, Chapulhuacán y otras localidades, la tragedia se multiplicó: derrumbes, deslaves y un socavón destruyeron viviendas y aislaron a miles. La electricidad tardó días en restablecerse, dejando sin servicios médicos y de comunicación a las zonas más vulnerables. La llegada tardía de maquinaria y recursos amplió la desesperación, mientras las familias luchaban solas contra el agua y los escombros.
Aunque se desplegaron 500 millones de pesos para la atención y se movilizaron siete helicópteros para llevar ayuda a zonas remotas, estas acciones llegaron demasiado tarde y resultaron insuficientes frente a la magnitud del daño. La respuesta fue dispersa, improvisada y con un marcado afán de preservar una imagen política más que de atender eficazmente el problema. El apoyo del IMSS y las fuerzas federales, aunque valioso, no pudo ocultar el vacío dejado por la administración local y su evidente falta de liderazgo.
Priscilla no solo ha puesto al descubierto la fuerza destructiva de la naturaleza, sino también una actuación política marcada por la hipocresía y el maquillaje de una realidad amarga. Mientras las comunidades siguen sufriendo, los gobiernos prefieren el espectáculo y la propaganda, negando a quienes más lo necesitan una verdadera reconstrucción, no solo física sino también social y política, que devuelva la dignidad y la confianza a un pueblo que fue abandonado en su hora más oscura.
