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Temor en cuarto piso: conspiran municipios para crear Hidalgo del Norte

Temor en cuarto piso: conspiran municipios para crear Hidalgo del Norte

La idea de dividir Hidalgo para dar paso a una nueva entidad llamada Hidalgo del Norte ya no se mueve únicamente en el terreno del rumor marginal. En círculos políticos y territoriales comienza a tomar fuerza la versión de que la propuesta ha sido comentada, al menos de manera privada, por alcaldes, exalcaldes y exlegisladores de distintos partidos, lo que le otorga al tema un peso distinto al de una simple ocurrencia regional. Lo que antes parecía una conversación aislada ahora empieza a verse como una inquietud más amplia: la de un estado en el que el centralismo en Pachuca ha dejado de convencer a una parte importante de su territorio.

La lectura que emerge entre los actores locales es clara. El modelo actual ha concentrado demasiado poder en la capital y su zona metropolitana, mientras que el norte del estado permanece rezagado, con menos infraestructura, menor capacidad de decisión y menor presencia efectiva de las autoridades. Bajo esa lógica, la idea de Hidalgo del Norte aparece como una salida política para corregir un desequilibrio que, según sus promotores, ya es estructural.

De concretarse el gran paso para convertirse en la entidad federativa número 34, Hidalgo del Norte sería más grande que Morelos, Colima, Aguascalientes y Tlaxcala, y casi tan grande como el estado de Querétaro.

El malestar que abrió la discusión

Uno de los ejemplos recientes de descontento que ha reavivado el debate, tras parecer muerto, es el que se ha manifestado en el sur de Pachuca. En esa zona, vecinos han comenzado a quejarse del abandono de las autoridades de Pachuca, Mineral de la Reforma y Zempoala, donde se repiten las denuncias de servicios públicos deficientes, obras inconclusas, falta de atención a las colonias y un trato que muchos consideran distante de la realidad cotidiana. Esto ha dado pie a que los habitantes de dichas colonias impulsen la creación de un nuevo municipio. ¿Qué pasa cuando esta situación se repite, pero no en colonias de un municipio, sino en varios municipios del estado? Municipios en el abandono, a los que las élites pachuqueñas solo ven como clientes del voto, es decir, gente manipulable que, por unas despensas, apoya a quien sea.

Ese malestar sirve como punto de partida para comprender la magnitud del problema. Si en el sur de la zona metropolitana ya hay comunidades que sienten que sus demandas no son escuchadas, en el norte del estado la inconformidad se vuelve aún más profunda. Ahí la distancia no es solo física: también es política, administrativa y simbólica. Para muchos habitantes, el gobierno estatal se percibe lejano, y las decisiones importantes parecen tomarse siempre en el mismo lugar y para los mismos intereses.

Por eso, la propuesta de Hidalgo del Norte empieza a adquirir sentido para algunos sectores: no como una reacción improvisada, sino como consecuencia de años de abandono territorial. La idea de un nuevo estado deja de verse entonces como una exageración y empieza a funcionar como una respuesta extrema a un problema real. A muchos actores políticos les quedó claro que las élites del sur del estado no dejarían que alguien del norte llegara, desde que Omar Fayad prefirió apoyar a Julio Menchaca de Morena antes de que alguien del norte del estado tomara el poder. Hablamos de Carolina Viggiano. Para las élites políticas del sur, es claro que, para que prosperen, la marginación en el norte es necesaria.

Reuniones en privado y versiones que crecen

Lo que más ha encendido el ambiente político no es solo la conversación entre vecinos o liderazgos regionales, sino también las versiones de que la idea ya habría llegado a espacios privados donde participan alcaldes, exalcaldes y exdiputados federales y locales de distintos partidos. Nadie lo admite públicamente, pero el simple hecho de que esas versiones circulen con insistencia revela que el tema ha dejado de ser exclusivamente social y comienza a tocar intereses políticos de mayor alcance. Hasta ahora estas reuniones se han mantenido de carácter privado, casi secreto.

Según los comentarios que corren en el entorno local, en esos encuentros se estaría discutiendo no solo la viabilidad de la separación territorial, sino también el impacto que tendría una nueva entidad en la distribución del poder, en la representación legislativa y en el control político de la región. Ese movimiento, aunque todavía no se traduzca en una propuesta formal, ya genera suficiente ruido como para que el poder estatal empiece a observar el asunto con atención.

La presencia de exalcaldes y exdiputados en este tipo de conversaciones le otorga a la iniciativa un perfil distinto. No se trataría ya de un simple reclamo vecinal, sino de una posible articulación entre cuadros con experiencia, redes políticas y conocimiento del funcionamiento institucional. Eso refuerza la percepción de que la idea de Hidalgo del Norte podría pasar del comentario al proyecto si cuenta con suficiente respaldo. Incluso hay quienes piensan que deberían invitar a municipios colindantes de otros estados para crear un estado de la Huasteca.

Un estado gobernado desde el centro

El trasfondo del debate es el centralismo. Durante más de un siglo, Pachuca ha sido el centro casi absoluto de la vida política de Hidalgo. Ahí se concentran los principales acuerdos, la mayor parte de las oficinas, el presupuesto político, las decisiones administrativas y las negociaciones entre grupos de poder. Ese esquema ha permitido mantener una estructura relativamente ordenada, pero también ha provocado una acumulación de inconformidades en las regiones periféricas.

Vale la pena recordar también el desplazamiento político de Manuel Sánchez Vite, primer y único gobernador electo surgido del hidalgo marginado de los municipios del norte, originario de Molango. Su desplazamiento no ocurrió de manera aislada, sino en medio de un entramado de intereses en el que habrían participado grupos con influencia en Pachuca, Actopan, Ixmiquilpan y Tulancingo. Esa versión sugiere que el control del poder en Hidalgo se definía tanto por la fuerza de la capital como por alianzas regionales que reordenaron la sucesión. Este reacomodo político contó con el apoyo de Luis Echeverría Álvarez, presidente de la República en aquel entonces. Ya en aquellos tiempos la necesidad de oprimir al norte en beneficio del sur era evidente.

La queja recurrente es que el desarrollo no se distribuye de manera equitativa. Mientras la capital y su zona de influencia reciben más atención, otras regiones viven con rezagos de larga data. Carreteras insuficientes, servicios públicos limitados, falta de inversión, escasa presencia institucional y escasa representación política forman parte de un diagnóstico que se repite en municipios del norte y en otras zonas alejadas del centro del estado. Para las élites del sur, el norte solo beneficia a ensanchar su presupuesto, que manejan a su antojo y terminan robándose.

En ese contexto, la idea de dividir el estado deja de ser un simple ejercicio cartográfico. Se convierte en una discusión sobre quién tiene acceso al poder, quién decide el destino del territorio y quién se beneficia del diseño político actual. Hidalgo del Norte, para sus defensores, sería una forma de corregir esa concentración. Para sus críticos, podría convertirse en una fractura innecesaria. Pero en ambos casos, la conversación ya está instalada.

La presión sobre el gobierno estatal

El solo hecho de que el tema esté circulando con mayor fuerza ya representa un desafío para el gobierno estatal. Porque, más allá de que la propuesta se formalice o no, revela una verdad incómoda: una parte del territorio siente que no forma parte del mismo proyecto político que el resto del estado. Y cuando esa sensación se expande, la gobernabilidad se vuelve más delicada.

La preocupación en el cuarto piso no se explica ni por un documento ni por una iniciativa formal. Se explica por la acumulación de señales. Cuando alcaldes, exalcaldes y exdiputados empiezan a aparecer en las versiones sobre la posible creación de un nuevo estado, la lectura inmediata es que el descontento no solo existe, sino que podría estar comenzando a organizarse.

Eso pone al gobierno ante una disyuntiva. Puede minimizar el tema y tratarlo como rumor, o puede reconocer que detrás de la conversación hay una fractura real. La primera opción solo pospone el problema. La segunda exige una respuesta política seria, porque hablar de Hidalgo del Norte implica revisar el modelo de relación entre el centro y las regiones.

El sur de Pachuca como síntoma

El caso del sur de Pachuca sirve de ejemplo porque ayuda a entender cómo surge una idea de ruptura territorial. Primero aparece la sensación de abandono. Después, la irritación por la falta de resultados. Luego, la conversación sobre soluciones más drásticas. Y finalmente, la idea de que quizá el problema no está en quién gobierna, sino en cómo está construido el propio mapa político.

Ese proceso es clave. Lo que ocurre en el sur no es el centro del debate, pero sí una señal de que el malestar ya no se limita a las zonas más alejadas del norte. Si incluso en el entorno metropolitano hay colonias inconformes con los gobiernos municipales de Pachuca, Mineral de la Reforma y Zempoala, entonces el discurso de una nueva entidad, debido al abandono del norte del estado, empieza a adquirir más fuerza como respuesta a un problema general de representación y de atención pública.

En otras palabras, el sur de Pachuca no explica por sí solo la creación de Hidalgo del Norte, pero sí aporta contexto y legitimidad al reclamo. Muestra que el abandono no es una percepción aislada, sino una experiencia compartida en distintos puntos del estado, solo que el problema se profundiza cuando son municipios enteros y no solo colonias las que se quejan en la periferia de la capital.

¿Un reordenamiento político nacional?

Si la propuesta avanzara más allá del rumor y se convirtiera en un proyecto serio, su impacto sería mayor que el de una simple modificación administrativa. La eventual creación de un nuevo estado implicaría, en términos reales, reordenar el mapa político nacional. México no cambia sus fronteras internas con facilidad: la Constitución establece un proceso complejo que exige viabilidad territorial, respaldo legislativo, opiniones formales y decisiones federales de alto nivel.

Por eso, hablar de Hidalgo del Norte no es hablar solo de municipios inconformes o de liderazgos regionales molestos. Es hablar de la posibilidad de alterar la estructura política de la Federación. En ese sentido, el tema deja de ser local y pasa a ser nacional.

La mera posibilidad obliga a considerar detenidamente el alcance del conflicto. Porque si una región siente que la única salida es separarse para gobernarse mejor, el mensaje que envía al resto del país es profundo: hay territorios donde la representación ya no basta y donde la pertenencia a un mismo estado empieza a cuestionarse. Todo es reflejo de una gran realidad: el campesino en la sierra y en la huasteca tiene poco que ver con la gente del sur del estado, ni identidad comparten.

Hidalgo del Norte todavía no es una realidad, pero ya es una idea con suficiente fuerza como para provocar nerviosismo, especulación y movimiento político. Las versiones sobre reuniones entre alcaldes, exalcaldes y exlegisladores de distintos partidos amplifican ese ambiente y hacen pensar que el asunto está dejando de ser un simple comentario de sobremesa.

En el fondo, el debate no es solo sobre dividir un estado. Es sobre quién controla el poder, cómo se distribuyen los recursos y qué tan lejos está dispuesto a llegar un territorio que se siente ignorado. El sur de Pachuca sirve como ejemplo de un malestar más amplio, pero el verdadero tema es otro: si el modelo actual sigue sin responder, la idea de Hidalgo del Norte puede dejar de ser un rumor y convertirse en bandera.

Antecedentes Históricos: Estado de Moctezuma / Provincia Huasteca

La idea de crear un nuevo estado en la zona no nació ayer ni es una ocurrencia coyuntural. Tiene raíces profundas en el siglo XIX y aparece cada vez que la región vuelve a sentir que el centro político la ignora, la administra mal o la usa solo como territorio de extracción, de paso o de frontera interna. En la historia regional mexicana, la Huasteca ha sido muchas cosas a la vez: zona cultural compartida, espacio de disputa entre élites locales y, sobre todo, un territorio donde la identidad regional ha chocado una y otra vez con la lógica centralista del poder.

Ya en 1823 hubo intentos de articular una provincia o entidad propia para la Huasteca, en un momento en que el país todavía se inventaba a sí mismo y las regiones buscaban acomodarse al nuevo orden nacional. Más adelante, en 1872, en el clima político del Plan de la Noria, volvió a circular la propuesta de crear el Estado de Moctezuma, vinculado precisamente a la región huasteca. Ese dato es importante porque muestra que la idea no fue un capricho aislado, sino parte de una tensión más amplia entre el centro y la periferia, entre los proyectos de unidad nacional y las demandas de reconocimiento regional.

Podría decirse que el estado huasteco es una bomba histórica que nunca terminó de desactivarse y constituye una expresión recurrente del regionalismo político en México. Desde una mirada más pragmática, sigue siendo una prueba de que las fronteras internas del país no son solo líneas administrativas, sino también cicatrices de poder, negociación y abandono.

En términos históricos, la Huasteca ha funcionado como una región que trasciende las fronteras estatales. No pertenece del todo a un solo estado, sino que se reparte entre varios: Hidalgo, Veracruz, San Luis Potosí, Tamaulipas y Querétaro, entre otros. Esa fragmentación administrativa ha alimentado durante décadas la sensación de que la región existe como realidad cultural, social y económica, pero no como sujeto político plenamente reconocido. Ahí está el corazón del asunto: cuando una región comparte historia, economía, lengua, memoria y problemas, pero está dividida por fronteras estatales que responden a otras lógicas, la idea de reorganizar el territorio reaparece con fuerza.

Por eso el concepto de un estado huasteco ha sobrevivido al paso del tiempo. No se trata solo de nostalgia histórica, sino de una respuesta política a una desigualdad persistente. Cada vez que la Huasteca siente que queda fuera de las decisiones importantes, la idea vuelve a la conversación pública como una advertencia: el mapa oficial no siempre coincide con la realidad de la gente.

En ese contexto, hablar hoy de Hidalgo del Norte no suena tan extraño. Más bien parece la reaparición de una vieja pulsión regional: la de construir un territorio propio cuando el poder central deja de escuchar. La diferencia es que ahora ya no se trata solo de historia. Se trata de un malestar contemporáneo que encuentra en el pasado una justificación, una memoria y una bandera.

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